viernes, 10 de agosto de 2012

Pensar bien




En dos sentidos creo que es importante pensar bien.

El primero consiste en pensar desde la realidad y no desde el deseo. Hacer proyectos y actuar aceptando las cosas como son realmente y no como me convendría que fueran.

Uno tiene que adaptarse al mundo tal como es, incluso aceptar que uno forma parte de esa realidad que hay que cambiar, para, desde ella misma, cambiarla en la media de lo posible. No conduce a nada cerrar los ojos y actuar como si las cosas ya fueran de otra manera y no como realmente son. Hay que conocer el mundo y, sobre todo, conocerse uno mismo.

Me refiero a la realidad objetiva, la que podemos conocer mirando, escuchando y experimentando. Y más vale que miremos, escuchemos y experimentemos.

Para lo que se nos oculta, lo que no podemos ver, debemos suponer algo, y, en este caso, lo mejor es ser optimistas y suponer y esperar lo bueno y no lo malo.

Por ejemplo, no tenemos la absoluta seguridad de que mañana va a salir el sol nuevamente o si un cataclismo cósmico inesperado ocurrirá. Pero, en la práctica,  lo mejor es suponer que va haber otro día.

Quizás en una semana voy a morir, pero lo mejor es suponer que no, y no gastarme el sueldo de un mes en una semana…

En otro sentido, hace uno más atribuyendo a los demás sentimientos e intenciones positivas que suponiendo lo peor. Se ha hecho experimentos donde a un maestro se le dice que algunos niños tienen una inteligencia superior y luego se observa que esos niños precisamente, se desempeñan mejor que los otros, aunque en realidad no tenían nada de especial.

Cuando se le dice a un niño que es desordenado, o perezoso, lo volvemos desordenado o perezoso.

En términos generales, de la gente uno obtiene aquello que espera…

En otras palabras, pensar bien no es forzar la realidad para acomodarla a lo que queremos, sino aceptar que todo no depende de nosotros.  Estamos en las manos de Dios y muchas cosas que hoy no entendemos, cobrarán sentido cuando superemos esta realidad terrena…hay un más allá y es nuestro destino inexorable.

Si lo que nos proponemos está en el plan de Dios y es nuestra misión, Él nos dará fuerzas como se las dio a Elías cuando se acostó a morir debajo de la retama.

No somos ni ángeles ni demonios, somos simplemente humanos…


miércoles, 9 de mayo de 2012

EL HOMBRE




¿De dónde venimos, para dónde vamos, quienes somos?

No son preguntas banales. De la respuesta que demos a estos interrogantes tendremos conciencia de nuestros límites, tomaremos decisiones pequeñas y grandes, escogeremos una forma particular de relacionarnos unos con otros y con el mundo, aceptaremos la responsabilidad por nuestras vidas o renunciaremos a construir las reglas de nuestro comportamiento. 

En esta sociedad individualista, tenemos hoy día la errónea impresión de que somos individuos limitados a nuestra propia conciencia o espíritu o como se llame. La historia nos muestra que en realidad cada uno de nosotros somos una serie de relaciones históricamente  construidas y siempre cambiantes y que no existe una única manera de ser hombre.

Tratando de entender qué implicaciones trae la idea de que el hombre es un ser creado por Dios a su imagen y semejanza, pero a la vez un ser caído, la reflexión filosófica ha dado muchas vueltas.

En primer lugar nos admiramos de nosotros mismos. De nuestras principales creaciones que son la ciencia y la técnica. Tanto nos enorgullecen que  a veces nos creemos dioses nosotros mismos.

También tomamos conciencia de la importancia de asumir nuestra libertad y a abandonar la minoría de edad para cambiar radicalmente. Nos sentimos llamados a renacer, romper los límites de lo establecido, correr riesgos, como, entre otras cosas, nos pide el evangelio.

En  la filosofía clásica del universo, cada cosa ocupa un lugar establecido en una jerarquía donde cada cosa está determinada, a excepción del hombre, quien resulta ser el ser inacabado. El hombre no tiene identidad, la construye. El cristianismo nos dice que hombre puede y debe aceptar la dignidad de hijo de Dios que El le ofrece gratuitamente.

Somos sin duda seres capaces de construirnos y autodeterminarnos; de obedecer voluntariamente y de franquear los límites del pasado. 

Sin duda la conciencia de nuestra finitud nos hizo caer en la tentación de pensar el alma como una sustancia, un ente separado del cuerpo.  Tenemos necesidad de creer que, al menos algo de nosotros no termina con  la muerte. Es ese miedo a la nada, a caer en el vacío lo que llevó en el pasado a especulaciones y a mitologías sin sentido.

En todo caso, con las herramientas que nos proporcionan los sentidos y la experiencia del más acá difícilmente podremos llegar a un conocimiento del más allá. En el intento a veces caemos en discusiones bizantinas que nunca llegarán a lo que de por sí está lejos de nuestro alcance, en otra dimensión.

Que el hombre es un cuerpo material y que el pensamiento está conformado por impulsos eléctricos y el amor  por  sustancias químicas, es innegable. Aunque no podríamos decir que son solo eso.  En un mundo materialista tenemos la tentación de creer que todo es materia, energía, impulsos eléctricos…azar…pero los conceptos de la física y la química no pueden abarcar los hechos del espíritu.

La verdad sobre lo que somos solo puede provenir de la fe o mejor, de la confianza. Del conocimiento que surge de la experiencia de Dios y la unión con quienes nos han precedido en su conocimiento. De una vivencia de amor más que de un razonamiento. De la revelación. Y cuando hablo de verdad me refiero no a algo demostrable científicamente sino a una creencia operativa y que funciona en la vida concreta de todos los días.

El hecho mismo de que nos preguntemos por el sentido de la existencia, de que anhelemos el bien, la verdad, la belleza mientras caminamos en un mundo donde reinan el dolor y la sombra y nos dirigimos certeramente hacia nuestra propia muerte, prueba que, con los ojos del espíritu vislumbramos otras realidades y nos dejamos guiar por la intuición de un destino eterno.

Jesús nos prometió resurrección. Vida después de la vida. Creemos eso porque da sentido a nuestra vida de aquí y ahora. Pero no sabemos cómo será. Confiamos que él nos llevará de su mano y nos tendrá lista una habitación en su morada … que esas intuiciones de felicidad que tenemos, al final de nuestra vida se harán realidad en un estado de plenitud que por ahora no podemos siquiera imaginar.


miércoles, 21 de marzo de 2012

La inercia



Cuando uno sigue sentado y no se mueve ni porque vea que se aproxima una tracto mula y que le va a pasar por encima, está cumpliendo la ley de la inercia. Estrictamente, la ley de inercia solo la cumplen los muertos.

En realidad es la ley que más se cumple. Porque la tendencia fundamental de la vida es la de que las cosas sigan como están, que no cambien. Esa es la esencia de la ley de la inercia.

Cuando un típico profesor de física tira de un mantel con platos y copas encima y no se caen… (aunque estrictamente sí se mueven un poquito), dice, ¿ven?, ¡se cumple la ley de la inercia!  Y descresta con la palabra aunque honestamente  con eso no está demostrando nada. En primer lugar porque las leyes no es posible verlas de una sola vez, abrir los ojos y ver la ley. Ni la ley de inercia ni ninguna otra.  O sea, puedo ver que estalla la bomba, pero de ahí a relacionar ese estallido con E= mc2 hay un largo camino. Igual podría mirar simplemente los platos encima de la mesa sin tirar del mantel  y decir: ¿ven? ¿ven? ¡La ley de inercia!... Y todos pensarían que está loco porque lo que ven es otra cosa. Solo se ve lo raro y el raro ahí sería el profesor.

Pero volvamos a la inercia.

Tiene que ver con la masa, con que los cuerpos tienen masa y entre mayor masa, más difícil sacarlos del estado de reposo o de movimiento con velocidad constante en que se hallen.  Y con que en realidad, estén o no estén muertos, no van a salir de ese estado sin la aplicación de una fuerza externa.

Entonces,  ¿si el cuerpo casualmente no está muerto sino vivito y coleando como el lector o como yo en este momento? He ahí un gran problema.  Uno siente que puede moverse por sí solo sin la ayuda de nadie. Si se quiere parar del sillón lo hace, si quiere  ir a la cocina por un vaso de agua lo hace, si quiere saltar por la ventana ¿quién se lo va a impedir? …

El profesor de física nos sale con una insólita respuesta y olímpicamente sostiene que no somos nosotros quienes nos movemos.  ¡Es el piso el que ejerce una fuerza de rozamiento estático sobre el zapato que nos impulsa hacia adelante! ¿Y por qué querría el piso que uno se moviera? El profesor entonces se hace el sordo pues esa es una pregunta por fuera del paradigma, los físicos no piensan en el pensamiento ni en los propósitos.  Son preguntas prohibidas… y ahí sí que quedamos fríos.

Ahora, si uno se tira por la ventana, el movimiento se debería a la Tierra que lo impulsa a uno hacia su centro, tampoco es mérito propio. En fin…la física no  logra explicar porque algo se mueve hacia algo,  o por qué, en contra de lo que manda la inercia, las cosas cambian, evolucionan, estallan, avanzan o, a veces, retroceden.

La ley de inercia postula más exactamente  que un cuerpo permanecerá en reposo o en movimiento con velocidad constante a menos que actúe sobre él una fuerza. Mejor dicho, que si diéramos un impulso a un disco sobre una mesa sin rozamiento, y la mesa fuera infinitamente extensa, el disco seguiría sobre una línea recta hasta el infinito. Pero no hay mesas infinitas sin rozamiento.  Viéndolo de esta manera, la ley de inercia no se cumpliría nunca porque vendría a ser una ley para condiciones ideales e hipotéticas y no para situaciones reales. Es como si se dictaran leyes para los marcianos que habitan nuestra ciudad.  Esas leyes nunca se cumplirían (¿o siempre se cumplirían?), porque las condiciones de su cumplimiento nunca se darían….

En todo caso, y ya que no podemos cambiar las cosas, aceptemos la ley de la inercia.  Y disfrutémosla. Gracias a ella tenemos la sana rutina.

Entre otras, la rutina del día y la noche.  En un momento dado hace millones de millones de años la Tierra cogió impulso o, seguramente y de acuerdo con las leyes de Newton,  algo o alguien se lo dio.  Desde entonces gira una vez cada 24 horas.  Por inercia, seguirá girando por otros cuantos millones de años más… no por toda la eternidad, ya que las condiciones ideales tampoco se dan en este caso, pero si por mucho, pero mucho tiempo. De modo que,  afortunadamente, después de esta noche seguirá un nuevo día y otro y otro.

Es fabuloso despertar y ver que el mundo que dejamos ayer sigue ahí… y sin ningún esfuerzo de nuestra parte. Nos dejamos llevar por la inercia y vamos al baño, tomamos una ducha, nos cepillamos los dientes…en fin, montados en la rutina disfrutamos la vida con serenidad. ¿Para qué los cambios?  Sobresaltan,  no dejan gozar del calorcito de la mañana, de la película de la noche, de las galletas de chocolate que, gracias a la inercia, siguen en el cajón y no se han ido para ninguna parte.

Y termino, porque es hora de mi siesta.




domingo, 11 de marzo de 2012

Día de la mujer



Lo mejor que puede pasar y las cosas habrán cambiado cuando no se celebre el día de la mujer.

Porque, ¿qué sentido tiene que la mitad de los seres humanos celebre el día de la otra mitad?

Pero… hablando de seres humanos… se me olvidaba que a los hombres se les olvida o parecen tener mucha dificultad en pensar que más allá de cualquier diferencia cromosómica o somática somos de la misma especie, somos  de los mismos, sentimos, gozamos y padecemos igual.

Aparte de eso, la celebración del día de la mujer tiene indudablemente un sabor de premio de consolación por los sacrificios de la maternidad, por la discriminación laboral y la violencia contra la mujer, el sexo … ¿débil?

Ser mujer en sí no tiene ningún merito.  Por el azar del destino uno nació con dos cromosomas x.

Y eso tiene muchas ventajas. El ser madre nos otorga un poder inconmensurable. El poder de trasmitir la vida y la cultura como no lo puede hacer ningún hombre. Hasta hace relativamente poco esa prerrogativa llevaba aparejada el sacrificio de una relativa falta de autonomía y una dependencia económica. Pero eso ha cambiado y las mujeres ahora pueden decidir estar solas…

Ser mujer es ver el mundo desde la óptica de la madre: ver al débil, al enfermo, al anciano. Cuidar al otro, atender a los ritmos naturales y no violentar el cosmos.

Al hombre le toca jugársela como conquistador y aventurero. Inventar cosas, salir a lo desconocido. Por eso manda en el mundo exterior, mientras nosotras dominamos el ambiente doméstico.

Muchas veces no dejamos a los hombres apropiarse también de ese espacio que es el hogar. Así como nuestra participación  en política es escasa, y en el trabajo e restamos relegadas a posiciones secundarias, a algunas de nosotras nos parece normal sacar al hombre de la cocina o excluirlo de decisiones clave en cuanto a la crianza de los hijos, el tiempo libre, la disposición de los ambientes, etc.

Hace unos días, en una celebración del día de la mujer,  los hombres del grupo, incluido un sacerdote,  sirvieron torta a las mujeres. Me pareció significativo porque nunca me había pasado.  Por muchos años  he estado rodeada de compañeros de trabajo y familiares hombres…casi nunca se les ocurre tener el detalle de servir y recoger la loza. Y menos los sacerdotes pues las monjitas y señoras de la parroquia que los acompañan son supremamente machistas y no los dejan lavar un plato.

Alguien, una mujer, me comentó que en el colegio donde trabajó muchos años la mitad de los profesores eran hombres y la mitad mujeres. El día de la mujer los hombres servían vino y galletas a sus compañeras quienes se sentían tan incómodas con la situación que se apresuraban a devolver la atención celebrándoles  el día del hombre

En fin, propongo que si queremos reclamar poder en el mundo, justicia, equilibrio. Comencemos por nostras mismas.  Por ser autónomas,  y no controladoras.  Por reconocer el derecho de los hombres a participar en el mundo del hogar. No hablemos más de que nos ayuden.  Animémoslos  a tomar la iniciativa en lo doméstico y confiemos en ellos y así tal vez ellos confiarán algún día en nosotras…

viernes, 24 de febrero de 2012

Hasta dónde llegan el sentido común y la búsqueda del justo medio



¿Quién nos dará la respuesta al problema de cómo tomar decisiones acertadas,  cómo actuar serenamente y con autocontrol en situaciones difíciles,  cómo discernir la verdad y la justicia,  qué actitud tomar ante nuestras propias reacciones y sentimientos  instintivos y en general cómo vivir?, ¿Cuál es el método infalible para no errar?

Ni el santo, ni el científico, ni el héroe nos pueden ayudar. Ellos no tienen sentido común. Las abuelas sí.

Los seres humanos estamos dotados de la capacidad de decidir razonable y equilibradamente y  solucionar problemas con informaciones parciales y sin el uso de una lógica estricta

El pensamiento ordinario raras veces se desarrolla por deducción y con frecuencia recurre a procedimientos que no serían lógicamente válidos como analogías, inferencias a partir de observaciones particulares, etc...En la vida real, no nos preocupamos por controlar cada uno de los eslabones de una cadena de argumentos, sino que vamos directamente a la conclusión para verificar si nos parece plausible. Entre otras cosas, es precisamente esta “debilidad” de los procedimientos ordinarios  del sentido común lo que no se consigue implementar en las máquinas llamadas inteligentes, aquellas mismas que, por lo demás, nos ganan fácilmente una partida de ajedrez.

Llamamos sentido común a ese tipo de inteligencia que, aún sin ofrecer certezas absolutas, nos permite decidir por las mejores soluciones en condiciones de incertidumbre.

Más que la lógica deductiva, el sentido común posee cualidades como la adaptabilidad, la capacidad de comprender la ironía y el verdadero significado de las cosas según el contexto y, especialmente, la sensatez.

Por otra parte hay que tener en cuenta que las ideas de sentido común, forman parte de la mayor parte de nuestro acervo de conocimientos. La  verdadera razón para creer la mayor parte de las cosas de las que estamos  seguros es que nuestros padres, maestros, amigos, parecen creer lo mismo.  No podemos someter a crítica y comprobación sino, si acaso, una pequeña parte de ese inmenso imaginario que tenemos en la cabeza y que constituye lo que llamamos  realidad, nuestra realidad. Creer en cosas totalmente opuestas y contradictorias a lo que cree todo el mundo nos haría pasar por locos.

En la biblia se alaba la sabiduría como el don de discernir lo conveniente y se pide a Dios ese don como el regalo más preciado:

Dios de los padres y Señor de la misericordia,

que con tu palabra hiciste todas las cosas,

y en tu sabiduría formaste al hombre,

para que dominase sobre tus criaturas,

y para regir el mundo con santidad y justicia,

y para administrar justicia con rectitud de corazón.

Dame la sabiduría asistente de tu trono,

y no me excluyas del número de tus siervos,

porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva,

hombre débil y de pocos años,

demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes.


Mándala de tus santos cielos,

y de tu trono de gloria envíala,

para que me asista en mis trabajos

y venga yo a saber lo que te es grato.

Porque ella conoce y entiende todas las cosas,

y me guiará prudentemente en mis obras,

y me guardará en su esplendor.

(Sabiduría 8,1-6.9-11)



Cuando Aristóteles aconseja buscar “el justo medio”, está señalando   una regla general de comportamiento que podríamos llamar de sentido común:

“Ante todo, debemos notar que las acciones están sujetas a volverse imperfectas o por exceso o por defecto (para que nos sirvan de testimonios evidentes en torno a cuestiones oscuras), como podemos ver a propósito de la fuerza y de la salud: en efecto, la fuerza se perjudica tanto por el exceso como por la falta de ejercicio gimnástico, y paralelamente, la sobreabundancia o la parquedad en el beber y en el comer arruinan la salud, mientras que la justa proporción la produce, aumenta y preserva.

Así ocurre también respecto a la moderación, la valentía y las demás virtudes. En efecto, quien huye o teme cualquier cosa y nada afronta, se vuelve tímido; quien en cambio no teme a nada, sino que arremete contra todo, se vuelve temerario; paralelamente, quien goza de toda suerte de placer y no se abstiene de ninguno, se vuelve intemperante; quien, en cambio, los rehuye como hacen los rústicos, se vuelve insensible; es decir: la moderación y la valentía se arruinan tanto por exceso como por defecto, mientras que la vía intermedia los preserva.

La virtud es, por lo tanto, una disposición del propósito consistente en el término medio respecto a nosotros mismos, definida por la razón, y como el hombre sabio la determinaría. Es un término medio entre dos  vicios: uno el del exceso y otro el del defecto; precisamente, mientras que algunos vicios lo son por defecto, otros los son por exceso de lo que se debe hacer, sea en la pasiones o en las acciones; la virtud, en cambio, encuentra y elige el justo medio.”  Ética a Nicómaco.

El filósofo japonés Yoritomo Tashi opina que “el sentido común es el sentido central hacia el cual convergen todas las impresiones que se confunden con un sentimiento único, el deseo de la verdad”. Para las personas que tienen sentido común, todo se reduce a una percepción única: El amor de la rectitud y de la simplicidad.



Según Tashi, algunas tendencias humanas se oponen al sentido común, entre ellas la falta de determinación (o energía), la pereza mental, la tendencia a la ensoñación y a creer en quimeras y  la impulsividad. Yoritomo aconseja recurrir a la observación, la moderación, el esfuerzo y sobre todo el raciocinio…



Me parece  que es imposible adquirir sentido común a partir de una teoría del sentido común, una prédica o consejos acerca de la necesidad de aplicar el raciocinio.  

El sentido común nace de la experiencia, de manera natural y gracias a un medio ambiente estimulante y en particular por el ejemplo de gente sensata. Los consejos aristotélicos no habrían tenido ninguna influencia en mí si no fuera porque mi mamá aconsejaba siempre aplicar  “el justo medio”. Ni buscaría la sabiduría en la palabra de Dios si no fuera por su ejemplo de fe.



Ahora, el sentido común y la búsqueda del equilibrio y el justo medio evitan que nos metamos en problemas, pero, por su misma naturaleza no tienen nada que decirnos cuando abrimos la puerta a lo inexplorado, a la aventura, al más allá.  Ante lo verdaderamente nuevo,  solo una actitud de valentía, de confianza, de apertura de pensamiento nos llevará adelante y nos impulsará a cosas que … ¿quien pudiera imaginar?  




viernes, 3 de febrero de 2012

Momentos imperfectos



La perfección no era mi problema. Solo como un ideal, como una meta más allá de mi alcance en este mundo y con mis solas fuerzas…

Entonces llego a mis manos este libro “Momentos Perfectos“ de Eugene O’Kelly . El autor es un economista de éxito a quien le diagnostican cáncer de cerebro en fase terminal. Afronta esta situación planeando sus últimos meses y tratando de vivir muchos momentos perfectos

Según él, hubo muchos más momentos perfectos en esta última etapa de su vida que en la mayor parte de ella. Claro que reconoce que hubo algunos, como el día en que nació su hija o el día en que se hizo socio de la empresa donde trabajaba…grandes días.

Los momentos perfectos eran fruto de una cuidadosa planeación y de una conciencia clara de ser este momento único y especial.

Mi esposo me recordó que el personaje de Anny en “La Náusea” de Sartre habla de los momentos perfectos… para que ocurran estos momentos es necesario aprovechar una situación privilegiada y crear las condiciones … entonces sobrevienen  instantes donde la conciencia se agudiza, el ser se vuelca todo y se siente como una revelación.  En fin, donde se percibe que todo es perfecto.

Así es —dice Anny—; ante todo era preciso estar sumido en algo excepcional y sentir que uno imponía orden allí. Si se hubieran realizado todas esas condiciones, el momento habría sido perfecto.

—En suma, era una especie de obra de arte.”

Eugene O’Kelly quiso despedirse de todas las personas con las que había estado relacionado. Organizó muchísimas despedidas, buscando en ellas momentos perfectos. No hizo ninguna reunión multitudinaria para despedirse ni nada de eso.

Para algunas personas las celebraciones de boda, primera comunión, etc son quizás esos momentos perfectos que se preparan cuidadosamente y se registran para la eternidad en fotos y recordatorios… mucho dinero y energía se gasta en ellas…

Yo creo que buscar conscientemente la perfección de un momento se relaciona con una sobrevaloración  del presente. Es cierto que solo existimos en el momento presente pero no es menos cierto que este instante solo adquiere significación en la medida en que encaja en la historia de una vida que tuvo un origen y tendrá un final, que tiene una trama y significado particulares. La obra de arte es la vida toda y no una momento particular.

Para mí los momentos perfectos son instantes de éxtasis donde Dios se nos revela en una brizna de hierba, en un pájaro o en una zarza…  

Estos momentos son un regalo de Dios y nada podemos hacer para propiciarlos. Pero sí es necesario salir de nosotros mismos y estar dispuestos a la iluminación.

Gracias a estos momentos recordamos que todo tiene un sentido. Que estamos en un caminar hacia algo más grande y mejor… que no estamos solos.

Pero hay que reconocer que en la vida la mayor parte de las cosas y de los momentos son imperfectos porque como seres de barro en el medio de esta naturaleza en evolución, nos movemos en el error y en la imperfección. La gran paradoja de la vida es que mientras nos afanamos buscando belleza y perfección, el tiempo nos arrastra al decaimiento físico demostrando  que si solo nos quedamos en lo material, seremos  como una cáscara o un desecho pero si nos dejamos alcanzar de esa perfección que nos llama, la vida eterna  estará en nosotros como una semilla que nos permitirá despertar a esa luz cuyos destellos se filtran a veces por entre rendijas  en lo que pudiéramos llamar momentos perfectos.

domingo, 1 de enero de 2012

Paganismo navideño y rituales de año nuevo



La religión del consumo ha adoptado el ritual cristiano de la navidad. En una manifestación de sincretismo se mezclan imágenes del Niño Dios con las de papá Noel, pinos y nieve fuera de contexto,  ruido, voladores, derroches, excesos…

En época navideña es obligatorio manifestarse feliz, dispuesto a participar de novenas, a intercambiar obsequios, a hacerse presente con palabras y fórmulas hechas para demostrar el cariño y compensar el vacío que deja la ausencia y la desconexión con seres que deberían ser más significativos.

Por unos días se olvida el trabajo, los afanes cotidianos dan paso al gran interrogante: ¿Estoy satisfecho con mi vida? ¿Soy la persona que quiero ser?  ¿Qué hay más allá del afán cotidiano?

A veces las respuestas asustan e invitan a sumergirse en la embriaguez.

Por eso la fórmula ¡Feliz Navidad! , que generalmente no implica creer en Cristo sino en el consumo, suena a ironía. En épocas navideñas suelen dispararse las cifras de suicidios, homicidios, divorcios… la gente huye al campo para hacerse la ilusión de una vida más cercana a lo básico, aunque sea por unos cuantos días.

Pero, ¿no será posible sustraernos a ese espíritu y rescatar el mensaje que desde  hace más de 2000 años ha impactado no solo a cristianos sino a hombres de todas las religiones y aún ateos? La imagen de un dios que se hace niño y nace en un pesebre  lleva en sí misma un mensaje poderosísimo de esperanza  y alegría. Ella nos habla de la riqueza de la pobreza, del valor de la familia, del deseo de sinceridad, de integridad, de pureza que abriga el corazón de todo ser humano. 

Cuánto más en familias con una tradición cristiana. Debería ser un propósito de estas épocas el resistir el espíritu pagano y buscar la alegría del dar.  

Algunos creen que tampoco se debería dar el feliz año nuevo porque un día siempre es igual a otro día y el calendario es una convención.

En todo caso, las fiestas de año nuevo nos unen en el registro del tiempo, que pasa igual para todos.  Que sea una convención empezar el año el primero de enero no significa que el hecho carezca de significado. Comenzando porque el aceptar las convenciones sociales es la primera condición del ser civilizado normal.  La sociedad no podría funcionar sin convenciones. La gente sencilla prefiere creer que obedece a designios divinos y someterse a rituales mágicos antes que aceptar el hecho escueto de que la tierra dio otra vuelta más alrededor del sol… prefiere creer que el 31 de diciembre a las 12 de la noche pasó algo a creer que no pasó nada. ¡Aunque las 12 de la noche en un lugar no sean las 12 de la noche en otro, el beso y los voladores tienen que ser a esa hora o… no se vivió el año nuevo como tenía que ser!

En general el 1 de enero es una fiesta más del calendario que se acompaña de rituales y supersticiones varias. Así como la navidad, el año nuevo se debe pasar con la familia y es duro para las personas solas o para las que están lejos vivir estas fechas lejos de los seres queridos.

Es también, y quizás esto es lo más importante, la época del balance, de establecer propósitos, de ajustar el proyecto vital.

Pienso que los rituales estructuran el tiempo de vida. Son la armazón que vamos llenando con nuestras historias…todos los necesitamos. Y, sin importar si los adornamos con mitos o los miramos con espíritu positivo, al desear un feliz y próspero año nuevo simplemente estamos reconociendo que todos estamos juntos compartiendo el mismo destino en este pequeño planeta que acaba de dar una vuelta más alrededor del sol.